
Por qué nos comparamos tanto y cómo influye el contexto en la autoestima. Una mirada psicológica para entender la comparación sin juicio.
¿De dónde nace ese sabor a insuficiente cuando todo lo que te rodea es mejor que tú?
Vas navegando desde la sensación de vértigo de querer intentar algo y el miedo absoluto a no conseguirlo. Te empiezas a sentir incapaz, resurgen emociones antiguas y rescatas recuerdos donde tampoco lo conseguiste para confirmar tus temores y convencerte con un amplio repertorio de motivos por los que, efectivamente, no merece la pena internarlo…
Entre todos esos motivos aparecerá la comparación. Y en función de lo que necesitemos confirmar, la atención se centrará en aquellos aspectos de nuestra vulnerabilidad donde, te aseguro, acabaremos perdiendo.
La comparación a veces puede ser competitiva disfrazada de superación personal (cuando huele a distancia a autoexigencia); otras, puede ser destructiva y bloquearnos, inmovilizarnos… Lo ideal, poder sentir admiración e inspiración por los logros en otras personas sin sentirnos amenazadas o amenazados por ello. Compartirnos y acompañarnos en nuestros logros y fracasos sin miedo a mostrarnos.
¿Qué se mueve por dentro cuando ves a alguien y aparece una sensación difícil de nombrar?
A veces es solo un pequeño desplazamiento interno: “yo no estoy ahí”, “a mí me falta algo”.
Puede pasar en el trabajo, en una conversación, en un momento cotidiano… pero donde más veces al día vamos a exponernos es en las redes sociales. Es un escaparate de propaganda constante de productos, personas, vivencias, cuerpos, rostros, ropa, viajes…
Aparece una necesidad de “yo también” y hemos convertido el postureo en un arte. Es difícil saber qué es real y qué no… una comparación que nace de lo irreal va a ser tan destructiva contigo que ya no sabrás qué necesitas. Te empiezas a desdibujar porque lo que eres y tienes no es suficiente y, a la vez, lo que ves puede ser inalcanzable.
¿Por qué me comparo tanto?
Responder a esto no pasa por decirte que “dejes de hacerlo” o que “te quieras más”.Pasa por entender qué función cumple esa comparación y en qué contexto aparece. Compararnos no es un error ni un problema en sí mismo. Es una capacidad humana. Comparar nos ayuda a orientarnos, aprender, entender dónde estamos, tomar decisiones y elegir… entre otras cosas.
El problema no es la comparación en sí, sino cuándo aparece, cómo aparece y qué efecto tiene sobre nosotras y nosotros.
Hay momentos en los que la comparación deja de ser neutra o informativa y empieza a tener un peso emocional. Aparece entonces sensación de insuficiencia, autoexigencia, frustración, duda sobre una misma/o… Y aquí es donde suele surgir la preocupación: “¿por qué me pasa tanto esto?”
El contexto importa más de lo que parece
No nos comparamos igual en todos los momentos de nuestra vida. Hay contextos en los que la comparación aparece con más fuerza, y nuestra historia de aprendizaje influirá en cómo interpretamos los hechos y qué herramientas tenemos para afrontar y confrontar…
Aquello momentos de vulnerabilidad, cuando estamos más sensibles, cansadas, inseguras o en transición, la comparación suele intensificarse. No porque haya “algo mal”, sino porque en esos momentos necesitamos más referencias externas para ubicarnos.
Los entornos que activan la autoevaluación invitan más a compararse. Los más frecuentes son las redes sociales, los entornos laborales competitivos o cualquier situación donde hay evaluación o exposición. En estos espacios, la comparación es una respuesta esperable. En dosis estables nos ayuda a adaptarnos al contexto hasta que se vuelve tan intensa que resulte desadaptativa.
En situaciones de gran valor o actividades significativas para nosotros, solemos compararnos en aquello que nos es importante: cuerpo, relaciones, trabajo, identidad o logros.
En definitiva, la comparación aparece donde hay valor, no donde hay indiferencia.
¿Qué función tiene compararse?
Desde una mirada psicológica, compararse es una conducta que aparece en un contexto y que tiene una función.
A veces la comparación intenta ayudarnos a mejorar, nos da una referencia cuando estamos perdidas, nos permite anticipar si encajamos o no, intenta protegernos del rechazo o del error…
Otras veces, simplemente aparece porque estamos expuestas constantemente a estímulos que invitan a compararnos.
En muchos casos, además, compararse puede tener un efecto momentáneo que nos permite aclarar, ordenar, orientar… como cuando bailas una coreografía con más personas y revisas cómo va el resto del grupo por si necesitas adaptar tus pasos o tu ritmo.
Y cuando algo cumple esa función, aunque sea breve, tiende a repetirse.
Cuando la comparación empieza a hacer daño
El problema no es compararse, sino quedarse atrapada en comparaciones que siempre nos colocan en desventaja, como por ejemplo: compararte con versiones idealizadas e irreales, compararte sin tener en cuenta el contexto y recursos de la otra persona, compararte en momentos en los que estás más vulnerable…
Ahí la comparación deja de ser una herramienta y se convierte en una fuente de malestar.
Redes sociales y comparación
Las redes sociales amplifican este proceso. Por ello vamos a incidir en este punto continuando con la anterior entrada del Blog “Redes sociales y salud mental, ¿Cómo afectan y qué podemos hacer al respecto?”
El uso que hacemos de las redes sociales aumentan la exposición a vidas editadas, reducen el contexto e intensifican la frecuencia de comparación.
Esto no significa que haya que eliminarlas, sino entender que no son un entorno neutro para la autoevaluación.
¿Se puede dejar de compararse?
No se trata tanto de dejar de compararse como de cambiar la relación con la comparación. Además, cuanto más intentes no hacer algo, acabarás haciéndolo aún más. Es la intención paradójica del famoso “no pienses en el elefante rosa”. Ahí está, el elefante rosa.
Algunas preguntas que pueden ayudar:
- ¿En qué momentos aparece más?
- ¿Qué está pasando en mi vida cuando esto se intensifica?
- ¿En qué áreas me comparo más?
- ¿Qué efecto tiene en mí después?
Estas preguntas no buscan eliminar la comparación, sino entenderla.
Acompañamiento psicológico y contexto
Cuando la comparación es muy frecuente o genera mucho malestar, suele ser útil observarla en un espacio terapéutico.
En terapia podremos entender qué la activa, qué función cumple, cómo se relaciona con tu historia personal y qué alternativas o herramientas nuevas pueden aparecer.
En un acompañamiento psicológico, el foco no está en corregir o eliminar la comparación, sino en comprender el contexto en el que surge y ampliar las formas de relacionarse con una misma y uno mismo.
Antes de finalizar… Compararte no dice que haya algo mal en ti.
Dice que estás intentando orientarte en un contexto que, a veces, invita constantemente a hacerlo.
Mirar esa comparación con curiosidad, en lugar de con juicio, puede ser un primer paso para que deje de pesar tanto.
Y poco a poco, abrir espacio a otras formas de mirarte (y ¿por qué no? ¡Admirarte!) que no pasen siempre por medir cuánto te falta. Recuperar nuestra capacidad de valorar todo cuanto somos, tenemos y hacemos…
Poder abrazar lo que somos y queremos seguir siendo, en lugar de lo que no soy y me gustaría ser. Lo que hacemos y queremos seguir haciendo…en lugar de lo que debería hacer.
Abrazar el valor de la suficiencia, cuestionándonos el significado de ser o tener lo suficiente. Lo contrario a más, no es menos… es suficiente. Según la RAE suficiente significa “bastante para lo que se necesita”.
¿Qué necesitas? ¿Esas necesidades son tuyas o impuestas por el contexto de cada escaparte en el que te expones?
Aceptarnos se ha convertido en un acto de rebeldía…