Una fajita que te recoja by María Barba

Historia inventada de una armadura por prescripción médica.

 

—Estás muy guapa hija, porque la que es guapa es guapa pero ¿por qué no te pones una fajita que te recoja?

Hace meses que no la veo, he venido a la boda de mi prima, pero ya me estoy arrepintiendo. Nunca entenderé por qué en esta familia cada halago viene seguido de una crítica sin filtro ninguno. Aunque bueno, esto los hombres no les pasa, se les pone a parir sí, pero siempre por lo bajiniprimero se les elogia por cualquier tontería con una devoción que ni Santa Teresa en sus mejores tiempos, luego, en cuanto abandonan la habitación se comenta lo gordos que están o el poco pelo que les queda. Nunca a la cara.

La verdad es que no sé de qué me sorprendo, si mi abuela siempre ha tenido verdadera obsesión por las fajas, es su tema de conversación favorito. He perdido la cuenta de las veces que me ha contado que le encargó a la modista una tan robusta que tuvieron que colocársela entre dos personas -en mi cabeza visualizo una escena de Titanic y después de Lo que el viento se llevó casi de manera instantánea- y que apenas podía sentarse y casi ni respirar. Lo cuenta así, con orgullo. No comprendo por qué pero la presión en la zona del abdomen y la falta de aire le resulta placentera. Elegante.

Aún hoy, a sus 85 años y sin capacidad para dar apenas tres pasos seguidos sin un andador se pasa el día sentada con unas medias de cristal y una faja -algo dada de sí ya por el uso- que engancha con un imperdible al sujetador. He visto ese ritual de vestuario miles de veces, la imagen de mi abuela colocándose la faja estratégicamente para ir a ninguna parte.

Normalmente no me afecta, estoy acostumbrada. Pero en los días más flojos, esos en los que el concepto sobre mi cuerpo es horrible y tomo consciencia de todo el espacio que ocupo, me hunde. Ella se queda con cara de circunstancias cuando me ve despedirme con el entusiasmo de una acelga y me mete 20 euros en el monedero antes de que me vaya. No lo entiende, no ha dicho nada que no sea verdad.

También están esos otros momentos, esos en los que me siento fuerte, la provoco y le contesto que suerte que me he puesto el sujetador, que no se queje tanto.

Le pongo los nervios de punta, como cuando vivía con ella en primero de bachiller y le decía -solo para escucharla- que jamás le lavaría los calzoncillos a un tío, por muy marido mío que fuera.

—Pobrecitos los hombres de hoy en día ¡pobrecitos los hombres de hoy en día! -suspiraba en bucle con las manos al pecho.

Lo cierto y verdad es que me encanta estar con ella, escucharla hablar de cotilleos de gente que no recuerdo del pueblo, sentada en el sillón orejero, el mismo sillón de hace 20 años que lleva más tapizados y más trote que su faja. Me gusta escucharla cuando le da la risa por su propia picardía y se le ilumina la cara. Es la estampa más bonita del mundo, verla sacarse un pañuelo de tela de la manga para secarse las lágrimas divertida. Mi abuela es de llorera fácil, para lo bueno y para lo malo. Pero es que yo lo que no quiero por nada del mundo es hablar de fajas. No quiero volver a mencionarlas, no existen para mí.

Si la conversación fuera por otros derroteros yo me pasaría horas a su lado. Contemplando como la luz del sol le acaricia las canas desde la ventana de su saloncito. Me recrearía observando sus manchitas, todas las que tiene en las mejillas, tratando de encontrar las más nuevas e intentado adivinar cuales me tocará heredar a mí. La nieta que más se parece a su abuela. Dejándola que me enseñe fotos de cuando era joven y tenía que vender tortas por las casas del pueblo para poder comer, mientras disfruta con ansia viva de una chirimoya, porque ¿qué le vamos a hacer hija si nos gusta comer?

Miraría con detenimiento una y mil veces todos los cuentos, los dibujos y las manualidades que guarda con tantísimo mimo en su cajón de la mesita -esa que tiene siempre a mano para poder llegar bien al teléfono- como si fueran tesoros, porque para ella lo son, se los regalamos nosotros.

Le pediría que me enseñara a hacer punto para poder construir mantas inmensas y calentitas como las que me hizo cuando me mudé sola a Sevilla, esas que huelen a ella y que me abrazan cuando veo en bucle las Chicas Gilmore (la señal más clara de que estoy en horas bajas). Pero sin embargo aquí estamos, con unos zapatos de tacón que ya no aguanto (y eso que ni siquiera he pisado la iglesia) y un vestido apretado que no me puedo permitir.

Ser fina, turgente y ligera es lo único que he deseado con fuerza toda mi vida, con verdadera intensidad. Antes para encantar a la mirada masculina, ahora para que no me rocen las cosas: me rozan los muslos, me rozan los brazos por dentro, el sujetador en la espalda y en los hombros creando pequeñas huellas permanentes que jamás se irán, como un tatuaje. Pero no puedo liberarme del sostén porque me rozan las tetas, me rozan con la barriga y con las lorzas que aparecieron no recuerdo cuándo. Yo, que siempre tuve el vientre plano y la cintura estrecha. Me he pasado toda la vida queriendo ser otra persona y ahora quiero ser otra y también ser yo con 18 años, cuidar todo lo que tenía que ahora no tengo. Proteger mi piel del sol como el tesoro de porcelana que era y evitar que florecieran las manchas en mi cara que llamo pecas para sentirme menos mal. Abrazar mis piernas con poca celulitis y dejar mis pechos libres del sujetador mientras se mantenían a la altura, libre de rojeces por el sudor. Y ahora todo eso no solo es difícil de conseguir, no está en mi mano, es imposible. Es más, queadrá cada vez más lejano. Solo puedo pensar en tirar los tacones por la ventana y salir corriendo descalza. No tendría que haber venido, estoy demasiado enfadada, demasiado cansada.

El diagnóstico es bastante claro pero en mi cabeza cuesta unir los puntos. Esos días me cuesta salir de la cama, es comparable a recorrer la muralla China de principio a fin con unas chanclas de goma rotas. Solo estoy aquí porque ya me había comprometido hace meses y lo que tengo ni se contagia ni es pasajero -todo lo contrario- no puedo ponerlo de excusa.

Lipedema dice el médico, en grado II. Yo ya lo sabía, lo supe desde el momento en que encontré esa publicación en Instagram acompañado de una foto, jamás había visto unas piernas como las mías hasta ese momento. Siempre eran raras, especiales: la forma de la rodilla, su tamaño imperturbable, inmune a las dietas y a los castigos en el gimnasio. Ellas nunca cambiaban, tenían más determinación que un opositor a notario.

No se preocupe, la enfermedad no está muy avanzada y con un buen tratamiento conservador podemos contenerla.

El médico me dice lo de siempre, que practique deporte y que me alimente bien (signifique eso lo que signifique). Me da la dirección de una ortopedia especialista en mi problema y apunta en un folio todas las indicaciones para que me hagan a medida unas medias de tejido plano. Tienen que ser a medida porque su obligación es apretar, recoger, comprimir. Tendré que llevarlas cada día de mi vida un mínimo de ocho horas, así que más vale que encargue un par para tener siempre una muda limpia, me vendrán bien unos calzadores y puede que al principio, hasta que el tejido ceda un poco, necesite ayuda de otra persona para ponérmelas. Así que, después de todo, soy la nieta que más se parece a su abuela…

El artículo que compartimos hoy es especial. No es nuestro… y al mismo tiempo sí lo es. Porque muchas de nosotras nos hemos sentido reflejadas en cada una de sus líneas.

Gracias a María Barba, autora de este texto tan bonito y compañera, por permitirnos compartirlo.

Os dejamos su Instagram: https://www.instagram.com/maria_barba

María Barba _ Editora de Lifestyle y escritora en proceso